Pasaron varios días hasta que alguien reparó en que los sueños habían desaparecido.


Mostrando entradas con la etiqueta escribir. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta escribir. Mostrar todas las entradas

viernes, 29 de abril de 2016

Estructurar una novela

Hace unos meses le prometí a la escritora Patricia García-Rojo este texto. Voy lento, pero voy al grano.

Si de algo nos gusta hablar a los escritores más que de libros, es sin duda del proceso de creación de los mismos. Patricia tenía curiosidad por la estructura de El Desencantador (al menos, es la duda que me planteó cuando hablamos de la novela), y no es la única lectora que hace hincapié en este aspecto del libro.



¿Por qué escoge uno una estructura y no otra al contar una historia? En mi caso, por una combinación de factores. La escritura de El Desencantador fue muy espaciada en el tiempo y experimental. En un principio sólo me interesaba romper un poco la narración lineal, y queda evidente en la primera parte del libro. De hecho, quise dividir la novela en tres grandes partes bien diferenciadas entre sí, como si cada cual perteneciera a un género propio, y también quise reflejarlo en la estructura:

En la primera, junto a los acontecimientos que se narran se intercalan recuerdos, sueños del protagonista e incluso algún texto de otra naturaleza. Me explicaré:

  • En el caso de los recuerdos, parten de la propia naturaleza del protagonista. Dada su enfermedad, Damián ha olvidado momentos importantes de su vida. Me resultó interesante arrojar a la cara del lector algunos de estos recuerdos olvidados para darle cierta ventaja con respecto al propio protagonista, otorgar una doble lectura a hechos que suceden en el libro y que, a raíz de un recuerdo perdido, cobran un significado o matiz distinto. Además, me permitía hasta cierto punto no tener que abusar del narrador omnisciente para sobreexplicar ciertos acontecimientos o situaciones.
  • Los sueños se cuelan entre la narración por coherencia con lo que cuento. La novela comienza cuando desaparecen los sueños en el mundo y se instaura una especie de caos, de ahí que rompan con la linealidad del relato y, además, me permitan jugar con la experimentación narrativa, ya que los sueños carecen de lógica.
  • El capítulo 3, "La suerte", también se aleja del día a día de Damián para contar una historia paralela que, por culpa del destino, hará cambiar la vida del protagonista por completo. Como recurso narrativo, es una especie de prolepsis, en concreto una catáfora que sólo se entenderá al final del capítulo 4.
  • Al primer capítulo le sigue un ejercicio de la clase de lengua donde sus compañeros hacen una descripción de Damián. Me pareció una forma sencilla y poco convencional para conocer al protagonista nada más comenzar la novela sin necesidad de las típicas presentaciones que ralentizaran el avance de la trama. Quería ir al grano.

La segunda parte de la novela supone una ruptura con la primera. En especial temáticamente, y en cuanto a la estructura quise reflejarlo del siguiente modo: narración lineal, del tirón, sin interrupciones o digresiones que nos sacaran del meollo. Eso sí, jugué con el tiempo para hacerlo lo más plástico posible.

Y así llegamos a la tercera, donde hay un cambio sustancial de tono otra vez que se refleja en la forma: el relato es más maduro, los conceptos que trata cada capítulo son más claros, y el ritmo se asienta de nuevo de acorde con el contenido. Podría decirse que en esta parte, salvo por varias entrevistas entre Damián y su psiquiatra, la narración vuelve a ser lineal, centrada en el desarrollo del protagonista y su percepción del mundo.
Lo curioso aquí es que esta tercera parte, en el planteamiento original de la novela, iba a ser un mero epílogo de cinco o seis páginas. Sin embargo, a medida que trabajaba en el desarrollo de El Desencantador, me di cuenta de que ese epílogo era clave, hasta el punto de desarrollarlo y convertirlo en toda una parte de la novela.
Por último, la novela cierra con otro recuerdo perdido de Damián que pone en perspectiva lo que acabamos de leer y arroja un poco de esperanza como broche final. Además, me parecía lógico cerrar con un recuerdo una novela que trata tanto la memoria. ¿Es un detalle caprichoso este recuerdo al final de todo? Por supuesto, pero qué iba a ser de la literatura sin este pensar fuera del círculo.


sábado, 12 de septiembre de 2015

El momento en que terminé la novela

24/02/2012


Cinco años.
Comencé El Desencantador en 2007, mientras estaba de Erasmus, sin saber que ese invento sería una novela. Bueno, de hecho comencé a escribir con una novela en mente, pero sin nada más. Sólo un punto de partida: un mundo donde han desaparecido los sueños y un chaval que sueña con el cine. La novela, cuando no se podía llamar aún así, fue dando bandazos de un lado a otro con pequeños pasos de hormiga entre ese noviembre galés y un noviembre mucho más oscuro, el de 2009, cuando llegué a un punto de no retorno, un punto en el que habían cambiado tanto las reglas que tenía miedo de seguir escribiendo. No se trataba de la misma novela...
El pasado diciembre, decidí resucitar la historia de Damián y compañía. Asumí las reglas del género en que me encontraba metido y di un giro de tuerca al tercer acto del libro (son, en total, tres partes muy distintas entre sí). Comencé a hacer esquemas y a dotar de una estructura lógica al relato, esto es, sumando los pros y los contras, los conflictos principales y secundarios, repercusiones... traté de hacer que la pequeña relojería funcionara. Encontré en el camino imágenes y personajes maravillosos, pienso en Norma, David o Ruth, cómo no. Pude hacer colisionar dos mundos aparentemente inmiscibles, y aunque el resultado no es armonioso, creo que vale la pena aventurarse en él.
Di rienda suelta a mi amor por el cine, cómo no. Esta novela le debe tanto o más al cine que a la literatura, y esto es decir mucho. A algunos les agobiará, a otros les fascinará, habrá a quien le abra nuevas puertas y ventanas a mundos imposibles. Aquí están de Murnau a Almodóvar, de Radiohead a Pereza, de Anna Frank a Stieg Larsson... los referentes son numerosos y eclécticos. El tono, del tono podría decir que hay tres. En algunas partes, hay incluso sentido del humor, sentido del amor, aunque las más el drama gana la partida. Son en total 231 páginas de extrañeza y de contragénero. Igual he puesto las miras muy altas y no es para tanto. Igual es para más y me quedo corto. En definitiva, El Desencantador comenzó como un cuento de fantasía, pero se transformó en una novela creacional de tintes épicos. Una novela donde está el principio del mundo, quién sabe si el final, donde el cine y el amor son los dos grandes ejes que hacen que la sangre fluya por las venas de Damián, una novela de apariencia sencilla y forma meditada, bastante experimental: caben todos los tiempos verbales y personas narrativas, la lógica alemana y el surrealismo, la narración fluida y la atropellada, los personajes amados y odiados, todos en cierto modo incomprendidos. Pero que no os engañen: El Desencantador es, por encima de todo, una novela mágica.
Me guardé el último capítulo para narrarlo del tirón en un mismo día, cuando ya tenía pensado qué sucedería a continuación y cómo sería. Tenía un esquema con los tres actos, tenía pensada la coda final. Luego, ese falso epílogo. Me puse a ello: Val del Omar de Lagartija Nick, Homenaje a Enrique Morente de Los Evangelistas y Omega de Enrique Morente como banda sonora a todo trapo. Un peta para calentar, tres latas de Cocacola, tres velas a punto de morir. Las horas que se derraman como lluvia. Las cuatro, las cinco, las seis, siete, ocho, nueve, todo ese tiempo para decir lo hemos hecho. Ha nacido una novela, joder.